domingo, 31 de diciembre de 2023

EL REGRESO

 


“La cosa más insignificante puede cambiarte la vida en un abrir y cerrar de ojos. Cuando menos te lo esperas ocurre algo por casualidad que te embarca en un viaje que no habías planeado, rumbo a un futuro jamás imaginado”

(Autor desconocido)

Amalia seguía inmersa en su proceso de recuperación, de construcción de sí misma y de su nueva realidad. Los casi 3 años de sequia laboral que llevaba no ayudaban mucho. Era consciente que no era fácil, ya estaba por encima de los 50, y eso era,  para muchas empresas, un velo que a menudo impedía ver el potencial que, con una gran experiencia, responsabilidad y compromiso, tenían las personas a las que les quedaban todavía más de 10 años de vida laboral. Estaba convencida de que llegaría su oportunidad, y aunque a veces le fallaban las fuerzas, creía en ella y confiaba en que, en algún momento, alguien sería capaz de retirar ese velo y ver todo lo que aun podía ofrecer.

Amalia dedicaba cada día unas cuantas horas a estudiar, prepararse y buscar ese trabajo que le devolviera a ella y a sus hijos,  la estabilidad y la seguridad perdidas. Había conseguido algún trabajo esporádico que le hacía mantenerse activa, pero sin continuidad.

“Cuando menos te lo esperas ocurre algo por casualidad que te embarca en un viaje que no habías planeado…” había leído Amalia en alguna publicación.  Inicialmente, Amalia había desestimado ir a aquella boda a la que la habían invitado en otra ciudad, por todo lo que suponía económicamente, pero finalmente, animada por su entorno, decidió ir.  A veces la vida te sorprende con casualidades, coincidencias, que llegan para remover los cimientos de tu vida y le dan la vuelta como a un calcetín, y así le pasó a ella. En el viaje de ida hizo una llamada con la intención de reencontrarse con aquel compañero de trabajo y amigo que vivía en la misma ciudad donde se celebraba la boda.

Amalia y su amigo habían mantenido un contacto esporádico durante los últimos años y poco habían sabido el uno del otro. No pudieron verse ese fin de semana, pero en la pequeña conversación que mantuvieron, él le hizo el mejor de los regalos, el que más falta le hacía… le había ofrecido un puesto de trabajo. Hizo el viaje de vuelta con la cabeza llena de emoción, ilusión, miedo, expectativas, dudas…

Amalia tenía que tomar una decisión vital, dejar atrás su hogar, su familia, sus amigos, pero sobretodo separarse de sus hijos y trasladarse a esa ciudad a orillas del mar, con todo lo que ello suponía. Aquello era mucho más que un puesto de trabajo, era un cambio de vida, era la oportunidad para, no solo conseguir esa estabilidad tanto tiempo deseada, sino también para sanar, para crecer, para conocerse, para liberarse,…  enfrentarse a un lienzo en blanco para dibujar su futuro con otros pinceles.

“Si hay que saltar, se salta. Si hay que empezar de cero se empieza. Si hay que pasar de página, se pasa, y hasta se cambia de libro, pero nunca quedarse con las ganas de intentar algo que seguramente mejore tu vida”, pensó Amalia al  tomar la decisión de trasladarse a vivir a otra ciudad, animada siempre por su hijos.

……..

Habían pasado 8 años desde que Amalia se había trasladado a esa ciudad con la maleta llena de expectativas e ilusión. El tiempo había pasado muy rápido, habían sido unos años intensos con pandemia mundial incluida, y ahora tocaba preparar las maletas, y llenarlas esta vez de experiencias y de todo lo aprendido.

Como muchas otras veces, Amalia recorría pensativa esa calle que desembocaba en el mar y finalmente, pisaba esa arena que la había abrazado y había sido la guardiana de sus pensamientos. Allí quedaban también, como un tesoro enterrado, alguna que otra lágrima derramada durante sus momentos de soledad. Sentada frente al mar, observaba las olas llegar a la orilla. Las olas, como ella cuando llego a esa ciudad, se entregaban a su destino sin saber que, al perderse en la orilla, quedarían para siempre unidas a la arena y al mar. Así le sucedía a Amalia, sabía que para siempre, quedaría unida a esa ciudad.

El sol brillaba como testigo mudo de su despedida, la envolvía  con su calor, se sentía inmensamente feliz y profundamente agradecida por el camino recorrido. Agradecida a la vida, a Dios y a ese ángel que puso en su camino, que siempre estuvo, pero que se hizo presente en el momento justo.

La etapa que finalizaba había sido como un puente que une dos orillas de un mismo rio, su pasado y su futuro. Un puente por el que había transitado aprendiendo, creciendo y conociendo a personas que ya para siempre formarían parte de su vida.

¡¡¡Adiós, Barcelona, adiós!!! No te olvidaré.




martes, 28 de abril de 2015

Como las golondrinas



Las golondrinas son unas pequeñas aves migratorias, muy cantarinas, con plumaje de un color negro casi azulado por la parte de arriba y blanco en su parte inferior, mucho más intenso en el caso de las hembras. Con su alegre piar, un parloteo musical y acelerado, y su vuelo ágil, rápido y acrobático, anuncian la llegada del buen tiempo.

De niña, Amalia pasaba horas apoyada en la barandilla que daba al jardín trasero de su casa, observando cómo cientos, o quizás miles de golondrinas, revoloteaban de aquí para allá, yendo y viniendo buscando ramitas para construir sus nidos. Los tejados de las casas de alrededor se llenaban de ellos y Amalia veía como las crías, todavía muy pequeñas para volar solas, asomaban sus cabecitas piando incansables y esperando el alimento que sus abnegadas madres depositaban amorosas en su pico abierto. Amalia, entusiasmada con aquel ir y venir, alargaba su manita de niña y las golondrinas se acercaban tanto a ella que casi rozaban sus dedos. Ese momento, era todo un ritual que Amalia adoraba contemplar cada primavera, porque significaba dejar atrás el invierno, el frío, la oscuridad… Con la llegada de las golondrinas llegaba el sol que calentaba la casa y el alma, la luz que iluminaba todas las estancias y todos los corazones, y el aire, que entrando por las ventanas abiertas, limpiaba y ventilaba la casa y la mente.
Quizás no era casualidad que como un símbolo para que siempre corrieran buenos tiempos en su casa, la madre de Amalia había decorado un rincón con unas figuritas y unos cuadros de golondrinas en vuelo.
Ahora se asomaba a esa misma barandilla y podía contemplar los aleros de los tejados vacíos, ya no podía ver el vuelo ágil de las golondrinas ni oír su alegre piar.  En un gesto inconsciente Amalia alargaba su mano ya adulta, y las alas de las golondrinas ya no rozaban sus dedos. Hacía mucho tiempo que las golondrinas ya no anidaban allí. Hacía ya tiempo que el nido en el que Amalia había crecido estaba también vacío.

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Hoy, desde otro enclave, desde otra barandilla, asomada al azul intenso de un mar de sueños y esperanzas, Amalia puede contemplar de nuevo el vuelo acrobático y el alegre piar de otras golondrinas. Puede trasladarse a su infancia y volver a experimentar las mismas sensaciones que entonces. Sintiendo la brisa ahora salada, puede recordar las ventanas abiertas, el sol, la luz… pero sobretodo, mirando el cielo brillante casi cegador puede recordar y casi ver a sus amados padres yendo y viniendo entre las nubes, alegres, luchadores, infatigables y generosos… buscando siempre la felicidad y el bienestar de sus seres queridos.

Ellos, sus padres, sus ancestros, que se fueron un día y que ya no volvieron…. como las golondrinas. 

miércoles, 7 de mayo de 2014

IN MEMORIAM



Durante años no se había separado de ella. En realidad no se había alejado de ella desde que nació. Incluso cuando Amalia formó su propia familia se fue a vivir a un piso al lado de sus padres para estar cerca de ellos, se iban haciendo mayores y podían necesitarla.

Últimamente no quería alejarse mucho, no hacia ningún plan que le alejara de ella lo suficiente como para no llegar a tiempo si algo pasaba, pero después de dudar mucho Amalia decidió hacer ese viaje para visitar a su hijo en Europa. Cuatro días. Tan sólo cuatro días. ¿Qué podía pasar en cuatro días?

El teléfono sonó de buena mañana apenas hacia unas horas que había llegado a su destino. Amalia se sobresaltó. Sus hijos estaban con ella, así que no era nada relacionado con ellos. ¿Entonces?

Al otro lado del teléfono una voz temblorosa entre lágrimas le comunicó la terrible noticia… “Se va…” “No hay nada que hacer…”
La madre de Amalia había entrado en un coma profundo y la situación era irreversible, apenas aguantaría unas horas…

Abrazada a sus hijos Amalia lloró desconsoladamente pensando cómo iba a hacer para llegar al lecho de su madre a tiempo… la separaban muchos kilómetros de distancia que suponían muchas horas de viaje…  Entonces rezó, y le pidió a su Dios y a todos sus ángeles en el cielo que la mantuvieran con vida hasta que ella llegara. Mientras, su familia, amorosamente, le repetía el mismo mensaje a su madre… “Aguanta mamá, ya llega, está viniendo, quiere estar contigo”. Ella respiraba tranquila, sin dolor, en paz. Quizás esperando la llegada de Amalia…

Amalia veía pasar las horas de aeropuerto en aeropuerto impaciente por llegar y estar de nuevo junto a su madre… Si hubiera tenido la seguridad de que llegaba hubiera echado andar… Aunque sabía que su madre estaba en las mejores manos, rodeada del cariño de toda su familia, la espera se le hacía angustiosa e interminable… pero ella solo tenía un pensamiento en el que ponía todas sus energías… llegar, llegar…

Después de casi un día entero viajando Amalia llegó al lado de su madre, la abrazó, la besó, cogió su mano y ya no la soltó… Se despidió de ella diciéndole cuanto la quería, pidiéndole perdón por las veces que perdió la paciencia con ella y dándole las gracias por cuidar de ella y de sus hijos.
Entre lágrimas pero con toda la tranquilidad y el amor del que fue capaz Amalia le dijo a su madre que si quería podía irse en paz, que no tuviera miedo, porque allí donde iba no había dolor, ni tristeza, ni padecimiento y que la estaban esperando los que tanto tiempo llevaba añorando, para reunirse con ellos y estar juntos para toda la eternidad. Amalia estaba segura de que todos ellos estaban tendiendo su mano hacia su madre para recibirla a las puertas del cielo. Casi podía verlos.

Y la madre de Amalia voló al lado del resto de sus ángeles…

lunes, 24 de junio de 2013

domingo, 28 de abril de 2013

SUCEDIO EN ABRIL...



En un gesto casi automático Amalia arrancó la hoja del calendario del mes de Abril. La hoja que separaba la oscuridad de la luz, las pérdidas de las ganancias, la muerte de la vida…  

El mes de Abril era para Amalia como una niebla espesa que la paralizaba, que no la dejaba avanzar, que la envolvía y lo volvía todo gris. Lo fácil, lo natural, lo cotidiano, dejaba de tener sentido. Durante el mes de Abril Amalia se diluía en la húmeda y densa maraña de la ceguera, de la soledad interior, del pánico y finalmente de la indiferencia. Evitaba pensar, evitaba recordar, evitaba mirarse las heridas ya cicatrizadas porque aunque ya no dolían, al rozarlas levemente con las yemas de sus dedos, un pequeño cosquilleo evocaba el dolor de otro tiempo.

A pesar de todo, desde hacia algunos años Amalia recibía cada Abril temerosa pero esperanzada con la incertidumbre del porvenir. Esperaba que, como la lluvia limpia los árboles y los campos dándoles un verdoso esplendor, como el viento arranca y arrastra las hojas secas y muertas y como el sol que abraza y da calor y energía a los nuevos brotes, ese Abril trajera a su vida, lluvia, viento y sol.

Cuando lo despedía, no podía sino respirar profundo, sonreír y decirse a si misma…. Ya pasó!!

martes, 27 de noviembre de 2012

HOY ES UNO DE ESOS DIAS...





Amalia despertó aquella mañana presintiendo lo que iba a suceder. Durante la noche los sueños se habían mezclado con las pesadillas y al despertar y encender el ordenador, encontró exactamente lo que esperaba…. Una vez más, como cada año, allí estaba. ¿Para qué? ¿Por qué?… Palabras vacías que para Amalia no significaban nada… Sin embargo también encontró otras muchas, sinceras y sentidas que habían llegado al mismo destino para endulzar su corazón y su alma. 

Se sentó en la cama y pensó que ese era uno de esos días, en los que se mezclan los sabores, el sabor agrio de la hipocresía acudía a su garganta provocando la misma sensación que una mala digestión. Sin embargo el amor, el cariño y la amistad sincera actuaban como un bálsamo sobre una herida que necesita cicatrizar.

Era uno de esos días en los que las lágrimas acuden impetuosas a tus ojos deseando salir. Unas para dejar inevitablemente su huella en el rostro y  un sabor salado en el paladar, otras para lavar y limpiar el alma produciendo el efecto de un baño tibio antes de acostarse.

En esta clase de días añoras a los ausentes. A algunos porque no tuvieron opción y se fueron demasiado pronto, otros porque pudiendo elegir, eligieron… Pero sientes el abrazo cálido de los que te rodean como un abrigo hecho a medida que cubre tu cuerpo casi desnudo en una noche de tormenta y ventisca que te hiela hasta los huesos.

Amalia había aprendido a sumar y a restar hacia mucho tiempo y por eso sabia que todo lo que suma también resta. La vida no es infinita. Cuanto más te alejas de la salida, más cerca estás de la meta. Pero también es como un saco mágico en el que vas acumulando grandes tesoros que, como amuletos de buena suerte, te acompañarán siempre y nunca perderás, aunque quizás llegue un momento en el que no los recuerdes.

Era uno de esos días en los que maldices el tiempo perdido, la palabra no dicha, el gesto inexistente…. pero en el que agradeces a cada momento los buenos deseos, las promesas cumplidas, lo que has perdido por lo que has ganado… Y durante todo el día una palabra te acompaña fiel y firme… GRACIAS!

“Hoy es uno de esos días, pensó Amalia,…

…en los que se mezclan los sabores…
…en los que lloras y entre lágrimas ríes…
…en los que abrazas y añoras…
…en los que restas pero sobretodo sumas…
…en los que maldices pero sobretodo agradeces…

Uno de esos días, en los que ni todo es blanco, ni todo es negro… porque el equilibrio es necesario y saludable.”

Amalia se dispuso a emprender otro de sus viajes… preparó su maleta encima de la cama y depositó en ella todo lo que podía necesitar. Subiría montañas, cruzaría ríos, atravesaría desiertos… por eso no quería llevar exceso de equipaje.

jueves, 5 de enero de 2012

DÍA DE REYES




El padre de Amalia conocía personalmente a los Reyes Magos, por eso había años que les pedía que acudieran a su casa cuando las niñas, Amalia y sus hermanas, se hubieran despertado para darles los regalos en persona. Ellas les obsequiaban con dulces y moscatel, porque después de una larga noche necesitaban reponer fuerzas para emprender el camino de vuelta a casa.

Había otros años en los que Amalia y sus hermanas visitaban a los Reyes Magos en su castillo e iban a recoger los regalos personalmente.

En otras ocasiones Amalia había escuchado claramente a los Reyes Magos depositar los regalos durante la noche con mucho cuidado en el salón de su casa. Oía a los camellos comerse el arroz que Amalia y sus hermanas habían dejado en los zapatos, y a los Reyes Magos chinchinear con las copas y saborear ese moscatel carmelitano que siempre había en casa. Pero Amalia sabia que en esos momentos no podía levantarse de la cama ni hacer ningún ruido que pudiera distraer a los Reyes de su misión.

Después llegaron los hijos, los de Amalia y los de sus hermanas, e igualmente desde el primer año Amalia quiso que vivieran esa noche muy especialmente. Colocaban sus zapatitos con arroz en sus respectivas sillas y dejaban turrón y moscatel para los Reyes Magos. Al día siguiente los niños descubrían emocionado sus regalos y veían como los Reyes y los camellos se lo habían comido todo. No dejaban ni un grano, normal, porque trabajaban tanto que necesitaban descansar de vez en cuando….

En alguna ocasión los Reyes dejaron un poquito de carbón para los pequeños pero aún así Amalia y sus hermanas intentaron transmitir a sus respectivos hijos la magia y la ilusión de esa noche en la que, por una vez, casi todos los deseos se cumplen.

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“Queridos Reyes Magos, este año he sido muy buena….”, como cada año Amalia preparaba su carta a los Reyes, sus hijos le habían insistido una y otra vez que así lo hiciera, pero ella no sabía qué pedir. En realidad no necesitaba muchas cosas, tenía lo principal y lo que le faltaba era difícil de conseguir, ya lo había pedido otros años y no se lo habían traído. Amalia sabía que no siempre se recibe lo que se pide, lo que se quiere o lo que se espera.

… os pido salud para mis hijos y para mí, para poder estar junto a ellos y verlos felices cada día y os pido paciencia y comprensión para sobrellevar la enfermedad que tristemente me rodea.

… os pido que no me falte el trabajo que sostiene a mi familia y os pido por aquellos que no lo tienen para que lo encuentren pronto.

… Y os pido amor, mucho amor para dar a mis amigos, a mi familia, a mis hijos… a los que me quieren, por su dedicación a mi durante este año, y sobre todo te pido que a ellos, a los que tanto quiero, no les falte de nada. Confío en que me traeréis todo lo que os pido porque como os he dicho creo que este año me he portado bien, pero si no es así sólo os pido que me traigáis los días para seguir soñando”.

sábado, 19 de noviembre de 2011

COSAS QUE DICES...

Que no te miro, dices…
mientras en mi oscuridad busco la luz de tus ojos que ya no me alumbra.

Que no te hablo, dices…
mientras escucho tu silencio destrozándome el alma.

Que no te comprendo, dices…
mientras en mi dolor veo tu espalda alejándose de mí con paso firme.

Que no llamo a tu puerta, dices…
mientras intento averiguar el momento en el que me cerraste la de tu corazón.

Que no te cuido, dices…
mientras en mi abandono añoro tu cálido abrazo.

Que te ignoro, dices…
mientras me arrinconas en tu olvido.

Que no te quiero, dices…
mientras descubro tristemente que hace tiempo que ya no me amas.

¡Como puedes reprocharme mi conducta!...
mientras esperas agazapado e impaciente mi derrota.

sábado, 15 de octubre de 2011

CINTA DE TERCIOPELO



Amalia escuchaba la radio mientras recogía todas las prendas desperdigadas por la habitación. La falda, el jubón, el justillo, el mantón…. Guardaba amorosamente cada uno de los complementos en sus respectivas cajas, broche, pendientes, colgante…. pero de entre todos ellos había uno, que aunque ya no usaba, evocaba siempre dulces pero también amargos recuerdos, una cinta de terciopelo negro que tiempo atrás había adornado su peinado. Una cinta que regaló como prenda de amor pero que años después recuperó tras descubrir que la persona a quien se la había regalado guardaba junto a ella otros tesoros a modo de trofeo de sus conquistas. Allí en aquel cajón, quien con tanto mimo la guardó durante años, había atesorado además otras prendas que para Amalia sólo significaban mentira, deslealtad y engaño. Por eso su preciosa cinta de terciopelo negro no compartiría espacio por más tiempo con los frutos de la traición así que la rescató de su escondite y la guardó. Ahora al tomarla entre sus manos y acariciarla prestó atención a la canción que sonaba en la radio….


"Uno se cree
que las mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.

Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.

Como un ladrón
te acechan detrás
de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas

que el viento arrastra allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve".

Así fue, pero ya no. La inocencia, la ilusión y el amor habían dado paso a la mentira, el engaño y la traición pero ya hacia mucho tiempo que Amalia sólo nadaba entre la tranquilidad, la paz y la esperanza.

Sin lágrimas, sin dolor, guardó la cinta en su caja y ésta en el armario hasta el próximo año.

sábado, 20 de agosto de 2011

¡CERRADO POR VACACIONES!


Amalia se va de vacaciones. Quizás a la vuelta os cuente este verano plagado de escapadas en solitario, con amigos, con familia... escapadas en cualquier caso que le han permitido vivir experiencias nuevas, agradables y felices. Ahora es el momento de disfrutar con sus tesoros, sin horarios, sin tensiones, entregados solamente al placer de disfrutar del tiempo juntos cerquita del mar.

Trabajando o de vacaciones que la vida os sea amable y dulce.

Hasta Septiembre!!

martes, 19 de julio de 2011

REENCUENTRO



Amalia esperaba impaciente el regreso de sus hijos. Cómo cada vez que se separaba de ellos por tan largo tiempo los había echado mucho de menos, muchísimo…
Sólo pensando en ellos les había escrito una carta que probablemente nunca llegarían a leer, o sí… Había tenido la necesidad de poner por escrito, lo mucho que los quería, lo mucho que los admiraba y lo mucho que confiaba en ellos.


"Queridos hijos:

Hace tiempo que quería escribiros esta carta. Ahora, durante estos días en los que he estado sola y os he echado tanto de menos, lo hago para deciros cuanto os quiero y lo importantes que sois para mi.

Los últimos tiempos no han sido fáciles para ninguno de nosotros. Afrontar la separación de vuestros padres habrá sido y probablemente siga siendo difícil para vosotros pero quiero que sepáis que me siento muy orgullosa de vosotros por cómo habéis reaccionado a esta circunstancia. No deja de ser un momento duro, que ninguno hubiéramos querido pero, a veces, se hacen planes que luego no podemos cumplir por diferentes razones. Es muy importante saber adaptarse a los cambios que la vida nos trae y vosotros lo habéis hecho, lo estáis haciendo, de manera ejemplar. Esto siempre es positivo, nos permite aprender de cada experiencia y sin duda os hará más fuertes y os ayudará en todas las facetas de vuestra vida.

En tu caso hijo mío creo que has sabido situarte en el lugar apropiado y que, a pesar de lo difícil que te pueda resultar esta situación no has perdido de vista tu objetivo personal que es convertirte en un profesional de lo que te gusta, la Arquitectura, y tu esfuerzo se ve reflejado en los resultados que vas obteniendo. ¡Enhorabuena! Eres un chico responsable, trabajador y disciplinado, pero sobre todo eres una buena persona, sensible, cariñoso, amable y respetuoso con los que te rodean. Sigue así y no pierdas nunca esos valores porque son los que te abrirán todas las puertas. Para mí, poder hablar contigo ya casi como con un adulto es una satisfacción y me da mucha tranquilidad poder contar con tu apoyo. No quiero ser una madre pesada, sólo quiero que sepas que me intereso por tus cosas y que puedes contar conmigo siempre

En cuanto a ti querida hija, eres una niña fuerte y luchadora. Eres lista y muy despierta y me sorprendes gratamente día a día. Confié en ti, sigo confiando, y me has demostrado que eres capaz de hacer lo que te propongas aunque las circunstancias te sean adversas. Casi todas las madres, caemos en el error de ver en nuestras hijas nuestra continuación. Y a veces queremos que nuestras hijas sean y hagan lo que a nosotras nos hubiera gustado ser o hacer cuando teníamos su edad. Pero, como te digo, esto es un error y yo también lo he cometido. Pero me he dado cuenta a tiempo y tú me has hecho ver que tú eres tú, que quieres construir tu propia vida y que sólo necesitas que yo esté a tu lado y confíe en ti. Cuenta con ello.

Y ahora me toca a mí. Sabéis que los últimos años no han sido fáciles, la pérdida de un buen trabajo después de tantos años, el reto de adaptarme a uno nuevo, unido a la separación de vuestro padre, son momentos que te hacen estar triste, como ausente…, con pocas ganas de hacer nada, y muchas ganas de llorar. Puedo deciros casi con toda seguridad que lo peor ha pasado. Que vosotros, mis amigos y el resto de mi familia habéis sido el motor que me ha permitido ponerme en marcha cada día. Probablemente vendrán otros momentos de dificultad pero estoy convencida de que podré superarlos y aceptarlos gracias al trabajo intenso de los últimos tiempos. Como vosotros soy fuerte y quiero ofreceros lo mejor de mí.

Los tres hemos construido una nueva forma de vivir en familia, distinta a la anterior, pero que no tiene por qué ser peor. Ahora nuestras circunstancias son distintas, y hacemos las cosas de distinta manera pero podemos divertirnos igualmente y hacer planes interesantes. Sé que cuento con vuestra ayuda y vosotros con la mía. Yo confío en vosotros y me gustaría que vosotros confiarais en mí.
Ya para terminar quiero
daros las gracias por vuestro apoyo, por vuestro saber estar. Estoy muy orgullosa de vosotros, de los dos. Sois los hijos que cualquier madre querría tener y yo me siento muy afortunada. Aunque a veces me enfade, os corrija, os ponga límites, es mi obligación como madre y siempre, siempre lo hago pensando que es lo mejor para vosotros.

Espero y deseo que siempre saquéis algo positivo de vuestras experiencias en la vida y que podamos seguir disfrutando juntos en los días venideros.

Os quiero muchísimo.

Besos… Mamá"

Amalia releyó la carta una y otra vez. Realmente no podía plasmar en aquellas líneas todo lo que sentía por sus hijos, pero esperaba que ellos supieran entenderlo si alguna vez aquella carta caía en sus manos.

A la ilusión y el deseo de volver a encontrarse con ellos se unía el temor… El temor a que no la hubieran echado de menos tanto como ella a ellos. Amalia sabía que habían estado bien, pero temía que aquella nueva experiencia que habían vivido hubiera dejado huella en ellos y que volver a aquella casa, a su casa, no significara tanto como ella esperaba… Amalia se sentía nerviosa, impaciente, como si fuera a presentarse, por primera vez, ante alguien y tuviera que causar una buena impresión. Sentía un nudo en la garganta, el aire no parecía querer llegar a sus pulmones. Intentó relajarse y pensar sólo en la ilusión de volver a verlos. Ella sabía que sus hijos la querían y querían verla feliz. Amalia esperaba ilusionada que el trabajo de aquellos días en ausencia de sus hijos hiciera el efecto deseado.

Oyó ruidos en el rellano, sintió las llaves en la cerradura y salió precipitadamente para recibirlos… Allí estaban, su hijo y su hija, había llegado el momento tan esperado del reencuentro... con ellos, con ella misma. Ellos la miraban con curiosidad no sabiendo muy bien qué se iban a encontrar… De repente sus caras adolescentes se iluminaron y sonrieron, pareció gustarles lo que estaban viendo y se abrazaron a su madre.

Amalia los recibió acogedora, los abrazó, los besó y juntos prepararon la cena de aquella primera noche del reencuentro. Mientras cenaban ella les contó todo lo que había hecho en su ausencia, los planes que tenía… escuchó atentamente todo lo que sus hijos le contaron y rieron y hablaron hasta la madrugada.

Al día siguiente comenzaban sus vacaciones en familia…

sábado, 18 de junio de 2011

EL DIVÁN


Amalia salía de la consulta con un aire nuevo, victorioso. La de aquella tarde había sido su última sesión. Su psicoanalista le había dado el alta. Mientras bajaba en el ascensor los 7 pisos que la separaban de la céntrica y transitada calle, se miró en el espejo y contempló con agrado cómo la luz había vuelto a sus ojos. Esa luz que tres años atrás las lágrimas, la pena y el dolor habían apagado. Con una leve sonrisa, su mirada se fue perdiendo en la profundidad del espejo...

Amalia había tomado la decisión de ir a un psicoanalista porque llevaba tiempo sintiendo que estaba dejando de ser ella misma. Las circunstancias por las que había pasado en los últimos años sin duda habían contribuido a esconder poco a poco su verdadera personalidad, su razón de ser, la persona que era, que sentía, que amaba. Todo eso unido al momento crítico que supone una separación que terminó en divorcio la abocó, gracias a Dios y a una buena amiga, a acudir a la consulta de un psicoanalista.

Ahora, después de tanto tiempo, hacía balance de todas las sesiones y repasaba mentalmente las cosas que había aprendido en el diván de su psicoanalista.

Había aprendido que hay cosas que no tienen explicación, que se escapan a cualquier razonamiento. Es inútil intentar buscarla, las cosas suceden por que sí.

Había aprendido que no se puede sufrir por los problemas de los demás, y mucho menos querer solucionarlos, cada uno es responsable sólo y exclusivamente de sus actos.

Había aprendido que nadie es culpable de las decisiones que toman los demás, aunque algunos se monten toda una película alrededor de ellas para justificar sus actos, justificaciones que probablemente ni ellos mismos se creen.

Había aprendido que hay hombres que no buscan una compañera en la vida, sino una mujer que les cuide como lo hacia su madre o como debería haberlo hecho.

Había aprendido que cuando algo no te gusta es sano quejarse y que de no hacerlo en su momento es de cobardes quejarse después por lo que pudiera haber sido y no fue.

Había aprendido que es egoísta aquel que sólo espera recibir y que si no recibe, coge su rabieta, se da media vuelta y se va, eso si, descargando toda responsabilidad sobre los demás para irse bien ligero de equipaje.

Había aprendido que cuando un hombre le dice a su pareja "no me des a escoger nunca entre mi madre y tu", lo mejor es aclarar la relación en ese mismo momento o salir corriendo.

Había aprendido que llegado el momento todos los hijos e hijas tienen que “separarse” emocionalmente de sus padres y madres para construir relaciones sanas y equilibradas.

Había aprendido que todas las madres y padres deben dar a sus hijos e hijas el espacio que les corresponde así como ocupar el suyo propio sin temor, porque eso les ayudará a crecer como personas.

Había aprendido que hay que aceptar el envejecimiento propio y de los demás, tanto físico como mental, y no sufrir por lo que es inevitable.

Había aprendido que a veces las cosas no salen como uno había planeado y que en esos momentos hay que tener mucha habilidad para cambiarse de gafas y ver la vida de otro color.

Había aprendido que hay personas que no maduran nunca, y que en un camino iniciado juntos hay bastantes probabilidades de que el otro, a cada paso que tu das, no sólo no sea capaz de seguirte sino que además tu avance le sirva de tropiezo, quedando más lejos de ti cada día. Y había aprendido que la humildad y la voluntad son buenos compañeros de viaje.

Había aprendido que el control, el orden, la organización es un corsé que te aprieta y no te deja respirar ni a ti ni a los que tienes a tu alrededor

Había aprendido que la soledad es la más fiel compañera de cualquier persona y había aprendido a conocer y a disfrutar de la suya.

Había aprendido que se puede enfermar de amor incondicional pero que hay cura.

Había aprendido que el tiempo es la mejor medicina pero que no conviene dormirse en los laureles.

Había aprendido que un “te quiero” por mucho que te lo digan o te lo escriban mil veces en un cuaderno son palabras vacías, carentes de sentido y no tienen ningún valor si no están basadas en el respeto, la comprensión y la aceptación del otro.

Había aprendido que el egoísmo y el amor no pueden viajar en el mismo barco.

Y había aprendido que no es honesto decir a alguien que le quieres si no le amas.

El ascensor había llegado a la planta baja y Amalia salió de su ensimismamiento… Echó una última mirada a su imagen reflejada en el espejo y dijo en voz alta… “No dejes de aprender Amalia”, al tiempo que soltaba una carcajada.

La puerta del ascensor se abrió y ante ella un padre y una hija la miraban estupefactos al ver a Amalia hablar y reírse sola, probablemente pensaron que estaba algo trastornada y que sin duda salía de la consulta de la planta 7. Amalia sonrió y pasó ante ellos deseándoles buenas tardes.

domingo, 1 de mayo de 2011

DISTINTA


Amalia no quería parecerse a su madre. Tenía sus razones.

La madre de Amalia había nacido hacía 8 décadas en un pequeño pueblo del campo de Cariñena, rodeado de peñas y pinos. Su abuelo materno, Mariano, había contribuido a la construcción del cercano pantano por cuatro perra gordas de las de entonces, jugándose su vida pero ganando el sustento para su familia numerosa. La abuela materna, Elvira, había trabajado en el campo desde bien niña y una vez esposada con aquel hombre bueno, había parido 6 veces, pero tenido 7 hijos. 5 hembras y 2 varones. Una de las hembras lo era por acogimiento ya que recién parido su primer hijo varón éste murió a las pocas semanas cuando ella todavía estaba criando así que Elvira se hizo cargo de aquel bebé pequeño y rosado, fruto de la relación de su hermana pequeña y de un señorito de la ciudad que le dio el apellido, pero nada más.

Más tarde llegaría el tan ansiado hijo varón de Mariano y Elvira, pero el destino querría que años más tarde enfermara viviendo una juventud tormentosa entre operaciones y hospitales, pero feliz rodeado del cariño y cuidados de su familia, su mujer y su hija y también de sus hermanas, entre ellas la madre de Amalia.

La madre de Amalia se convirtió en la mayor de las hermanas, cuando las dos que le precedían murieron de niñas, así como en la cuidadora oficial de toda la familia. De hecho con tan apenas 10 años salió de su casa para irse al pueblo vecino “a servir” en una de las casas más ricas, para que sus padres y sus hermanos pequeños pudieran sobrevivir en aquella dura postguerra.

Así, la madre de Amalia labró una vida plena de servidumbre, trabajo y responsabilidades.

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Durante algunos años Amalia pensó que no soportaba a su madre. La profunda admiración y amor que durante su infancia sentía por ella, en la adolescencia se había convertido en una especie de rechazo. Amaba a su madre, estaba segura, pero su fragilidad, su pérdida de vitalidad y fuerza, por un lado le inspiraban ternura y por otro un gran sentimiento de impotencia y decepción. Amalia sentía que cada vez se alejaba más de ese ser que le había dado la vida. Por su ancianidad, por su enfermedad, empezaba a necesitar cuidados y Amalia se sentía incapaz de proporcionárselos. Llegaba el momento de convertirse en la madre de su madre y esos sentimientos encontrados le producían a Amalia un gran dolor. En el diván de su psicoanalista había empezado a desmenuzar la relación que había tenido con su madre y había aprendido a mirar esa relación desde otra perspectiva mucho más saludable y beneficiosa para las dos.

El artículo que aquella mañana Amalia había leído en el periódico no podía ser más aclaratorio y confirmante para ella. Con cada frase Amalia se sentía identificada y reconocía sus propios errores y aciertos.

“Su fragilidad aumenta con el tiempo y llega un momento en que necesita cuidados. Depende de cómo haya sido nuestra relación con ella, y de sus características personales, que vivamos esa tarea como algo que enriquece o como una obligación desagradable.

Algo nos duele cuando no hemos hecho las paces con nuestra madre. Si no nos llevamos bien con ella, tampoco estamos a gusto con lo que nos rodea. No es extraño percibir una queja permanente sobre el mundo en aquel que no ha logrado aceptar a su madre como es ni sus debilidades. No reconocer esas carencias significa permanecer en una posición infantil, manteniéndola a ella en una posición todopoderosa.

Aceptar nuestra fragilidad es lo que nos hace estar a gusto con nuestro sexo. La construcción de nuestra identidad se levanta poco a poco. Siempre seremos las herederas del amor que nuestra madre nos tuvo, pero esa herencia implica la responsabilidad de transformar aquello en lo que ella tuvo dificultades. Cuando ella envejece, según hayamos vivido nuestras propias carencias y las suyas, tendremos más recursos para ayudarla como nos necesita, algo que nos hace sentirnos mejor con nosotras mismas, ya que también necesitamos acercarnos a ella en esta etapa.

Mientras rechacemos a nuestra madre por sus dificultades o sus fracasos, por su enfermedad o su vejez, es evidente que, lejos de aceptarla como es, seguimos insistiendo en que debería ser como a nosotras nos gustaría que fuese. No aceptar la imposibilidad de que este deseo se cumpla nos mantiene atadas patológicamente a ella. La proyección de estos sentimientos lleva a pensar que es esa mujer la que no nos quiere como somos nosotros. Mientras tengamos hacia ella quejas o reproches sin resolver, nos sentiremos también culpables de nuestras propias emociones. Entonces, la incomodidad está garantizada dentro de la relación y su cuidado, que podría enriquecernos a ambas, se convierte en una tarea muy difícil de sostener.

Querer ser distinta a tu madre implica conocerla y aceptar su fragilidad y carencias sin asustarnos ni culparnos de ocupar el papel de madre. Vivir a nuestra madre de forma agotadora porque tiene una demanda continua de cuidados, se enlaza a nuestro deseo infantil de creer que solo nosotras podríamos complacerla. Una hija que no puede ver a su madre como una mujer mayor, que precisa protección, es una mujer que mantiene la imagen infantil de una madre omnipotente. Acercarse a la madres, si es posible, cuando ella entra en los capítulos finales de su vida, proporciona un bienestar que siempre nos acompañará”.

Por eso Amalia quería y tenía que ser distinta a su madre, para que su hija, llegado el momento pudiera reconciliarse con ella y vivir juntas su ancianidad de forma gratificante y placentera.

¡¡FELICIDADES A TODAS LA MADRES Y A TODAS LAS HIJAS!!

porque tienen en sus manos la posibilidad de disfrutar de una relación única e irrepetible

Nota: Contiene fragmentos de un artículo publicado por Isabel Menéndez (Psicóloga y Psicoanalista)

domingo, 10 de abril de 2011

LAS CUATRO ROSAS



Aquella mañana del mes de Mayo por las calles del pequeño pueblo de secano que vivía del cereal, no se oía otra cosa, Manuel se había ido del pueblo. Su mujer Manuela preñada de 4 meses, agarraba su barriga y lloraba con la mirada perdida mientras su pequeña hija cogía entre sus manos la cara de su madre e intentaba que la mirara mientras la llenaba de preguntas: “Qué te pasa madre? ¿Dónde esta padre? ¿Por qué lloras?”. No hubo respuestas.

Manuela a la temprana edad de 30 años cerró la puerta de su casa y no volvió a salir de ella hasta que años después su hija adolescente murió victima de una hidropesía. Dos años más tarde volvería a salir, su última salida, su viaje final. Dicen que fue la vergüenza, pero sobre todo la pena y la tristeza la que fue minando su salud hasta que acabó con su vida.

Para entonces el fruto de aquella barriga, Ángel, tenía 14 años. Huérfano de madre y posiblemente también de padre, fallecida su única hermana, comenzó su lucha por la vida, por construirse un futuro. Comenzó a labrar el jardín para sus cuatro rosas.

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Carmen planchaba las camisas del señorito en la cocina soleada de aquella casa donde llevaba sirviendo más de 10 años. Era una buena casa, de las más ricas de la ciudad. Había tenido suerte después de varios años en una y en otra, primero en los pueblos cercanos al suyo y luego en la ciudad. Una amiga suya servía en casa de una amiga de la señora y le habló a su dueña de Carmen. Fue llamada a una entrevista y en ella no tuvo reparos en decir que sabía hacer de todo. Había aprendido a segar, vendimiar, lavar la ropa en el río rompiendo previamente la capa de hielo…, había aprendido a hacer muchas cosas, pero los trabajos a los que ella estaba acostumbrada no eran precisamente los que se hacían en una casa de la ciudad. Nunca había limpiado plata, ni almidonado camisas, ni encañonado faldones, ni por supuesto había cocinado las delicias que se comían allí, pero voluntad no le faltaba, así que cuando le preguntaban si sabia hacer esto o lo otro, ella siempre respondía que Sí. Durante algún tiempo la señora se refería a ella como “la del sí” porque decía que sí a todo. Empezó de doncella, con su uniforme negro y su cofia y delantal inmaculadamente blancos y almidonados. Después su hermana se incorporó como doncella en la misma casa y ella pasó a la cocina y a desempeñar labores de costurera, lavandera y planchadora.

“Tic,….tic…..tic….”. Carmen se volvió de repente al oír las pequeñas piedrecitas golpeando en el cristal, se asomó a la ventana y vio como Ángel buscaba alrededor de sus pies más pequeñas piedras que lanzar. No hizo falta. Lanzó por la ventana la prenda que llevaba en la mano y salió corriendo de la cocina hacia el salón donde la Señora tomaba café con una de sus amigas.

- “Perdón Señora, pero estaba tendiendo y se me ha caído una prenda al patio. Voy a bajar a buscarla”.

- “Anda, anda, ve”, dijo sonriendo y dirigiéndose a su amiga le dijo: “No sé que tiene esta chica en las manos que siempre se le caen las prendas al patio en domingo”.

Carmen bajó corriendo las escaleras, salió del portal, dio la vuelta al edificio y en la parte de atrás se fundió en un abrazo y en un apasionado beso con Ángel. Su día libre era los jueves, como el de todas las chicas de las casas elegantes de la ciudad, así que buscó la manera de poder encontrarse con su amado una vez más a la semana. La primera rosa, el amor de su vida.

No corrían buenos tiempos, Ángel no tenía un trabajo fijo, pero a pesar de haber crecido sin el amparo de unos padres, tanto su tío materno como él mismo se habían preocupado de su educación. Gracias a las herencias de sus abuelos había estado interno en buenos colegios y finalmente consiguió graduarse.

A la edad de 27 años Ángel empezó a trabajar en el banco, hubiera querido ser policía secreta, pero en las oposiciones a las que se presentó, el otro candidato muy bien recomendado, obtuvo la plaza. En el mismo mes se convirtió en padre y como no podía ser de otra manera, cuando aquella hermosura de más de 5 kilos vino al mundo sólo un nombre acudió a la mente de Ángel, el de su querida madre que la vida tan prematuramente arrancó de su lado dejándolo supuestamente huérfano. Compartiría con aquella pequeña un carácter reservado, callado y prudente. La segunda rosa, la niña de sus ojos.

Cuando Carmen abrió la puerta no podía creerse lo que veía. Ante sus ojos la figura de un hombre apuesto, bien vestido con abrigo y sombrero. Al descubrirse, asomó su pelo cano. Hubo un silencio y a Carmen la figura de aquel hombre le resultó extrañamente familiar y apenas encontró las fuerzas para pronunciar 3 palabras: “Ángel, tu padre”. Así fue, después de casi 30 años Ángel dejó de ser huérfano y conoció a un padre anciano al que aceptó y perdonó.

Meses después, la pequeña Manuela confesó emocionada a su tía que había visto llegar a la cigüeña trayendo a su hermanita en el pico. Otra preciosa niña con un pelo rubio ensortijado que llamaba la atención entre la vecindad y que con su hermana era a menudo confundida con una más de aquellas niñas americanas que entonces vivían en el barrio. Era una niña alegre y dicharachera con la que compartiría su sentido del humor, su bondad y “muchos humos”. La tercera rosa, la luz de su vida.

Ángel hubiera querido tener un varón, pero no llegó. En su lugar una tercera niña asomó a la vida una tarde de domingo en la que Ángel se disponía a ir al campo de futbol para ver jugar a su equipo favorito. Las pequeñas de la casa esperaban emocionadas en su habitación asomándose a la cunita que habían situado entre sus dos camas. La más rebelde, pero también la más cercana en su ancianidad, compartió con ella momentos de ternura, de charla y algunas ideas. También el último aliento de vida. La cuarta rosa, su pequeña.

Ángel se fue un mes de Abril silenciosamente, calladamente, respetuosamente y en paz, como había vivido. Sobre su pecho, entre sus manos, 4 rosas blancas le acompañaron también en su último viaje y para siempre.